Nos hemos mudado.

Así es. Nos hemos mudado.

El Rincón del Efímero ahora ya no está en blogspot, si no en wordpress, debido a la nefasta actualización de blogger he decidido cambiarme. He exportado todas las entradas del anterior blog a este y además las he digitalizado en tres pdf’s que subiré próximamente.

Esta entrada se subirá tanto al blog antiguo, el que aún sigue abierto en blogspot, como al de wordpress, y es una entrada meramente informativa.

Si estás leyendo esto desde blogger… Sígueme en wordpress, y si lo haces desde wordpress pues ya sabes, sígueme también para estar al tanto de todo lo que suba.

Un saludo,

Efímero.

Cosmos.

Quiero compartir contigo la barrera del sonido,
que el cosmos sea nuestro patio de sábanas,
que el mundo reluzca entre nuestros besos,
y agonice ante nuestras lágrimas,
juntar el hambre con las ganas,

hacer que cada día
sea la sombra del anterior,
llevar la locura al siguiente punto,
convertir cada minuto juntos
en uno feliz,
llegar al final de la noche
y que el mundo palidezca,
estamos lejos,
sentimos nostalgia,
así que él también.

Quiero que recordamos el cosmos,
siempre juntos y descalzos,
sin pensar en pincharnos,
sin pensar en caer,
sin pensar,
simplemente juntos,
únicamente un final feliz.

Cometa Halley.

El amor es como el cometa Halley, pasa cada setenta y tantos años alrededor de la tierra (a veces menos, a veces más) y deja a las gentes impresionadas con su belleza y su maravillosidad.

Deja ese regusto agridulce en el paladar y el corazón de las gentes lleno de ilusión ya que maldita sea, lo han visto, lo han vivido, y quién sabe cuando volverá a ocurrir.
Hay amores eternos, y son cometas que no paran de circundar la tierra, hay amores que se quedan dentro del corazón, esos que te llenan de ilusión ya que los ves caer cada noche.
Halley es como el amor. Puede pasar por primera vez en la vida de alguien y por segunda vez al final de esta, haciendo así que todo sea cíclico y bello.
Es tan viejo como el mundo, y lo es así también el amor que existe desde que la luz es luz y la tierra es tierra. 
El cometa Halley es como aquella Musa que llega, se queda y jamás se va (si es que estas Musas existen. Espero que sí.)
Es como el amor mismo, sin ir más allá.
Y tú, tú eres mi cometa Halley y esto que siento por ti no tiene igual.
                            Efímero.
                                      09-01-17 / 0:25.

Serendipity. PARTE I.

 De forma irónica me llaman Sluj, lo que viene a ser oído. Y sí, digo irónica porque oír es lo único que puedo hacer.
Los dioses lo han querido así, han querido que yo no sea más que un tullido que vive en medio del bosque y cuya única cualidad es oír.
Miremos el lado bueno, al poder oír puedo imaginarme lo que me rodea e incluso escuchar eso que las gentes llaman música. Dicen que hace sentir cosas inexplicables pero… A mí no me lo ha hecho. Jamás he sentido nada aparte de dolor físico cuando de pequeños los otros chicos del orfanato me pegaban palizas.
Esos buitres sabían que si no hablaban no podría chivarme de quiénes habían sido a la directora, aunque fue un gran error. Con el paso del tiempo me familiaricé con la respiración y los latidos del corazón de cada uno de mis compañeros y así podía identificarlos sin oír sus voces.
Por ejemplo, el líder de todos ellos, Frey, tenía una leve arritmia y además cuando respiraba demasiado fuerte a causa de la excitación de pegarme a mí u a otro sonaba como un maldito puerco ahogándose.
Diría que lo odiaba, pero estaría mintiendo, como ya he dicho jamás he sentido nada, otra de las divertidas maldiciones que los malditos dioses echaron sobre mí.
Creo que soy algo así como su títere, como un juguetito para ellos, o quizás un experimento. Se divierten viéndome ‘sufrir’, es algo que tengo muy claro, y lo tuve aún más cuando huía de aquel infecto lugar en el que me crié con quince años para esconderme en el bosque. La primera noche en él casi me matan.
Un par de asaltacaminos me atacaron e intentaron robarme, el problema es que no llevaba nada encima aparte de la ropa con la que había huido. Me dejaron desnudo en una zanja mientras llovía, casi me da una hipotermia.
Algunas horas después oí como las ruedas de un carruaje y los cascos de unos caballos pasaban por mi lado y de repente se paraban en seco. Conocía aquel ruido, era el del carromato de un mercader.
La diferencia entre los carros de los vendedores y los que usan los burgueses para transportarse es que cuando los del primer tipo frenan se escucha un fuerte ‘clac’, sin embargo entre los petimetres y adinerados lo que suena es un ‘clic, clec’ sin dejar apenas el margen de medio segundo entre ambos.
Oí como alguien se apeaba del vehículo y después sentí su mano sobre mi brazo del cual tiró hasta ponerme en pie para después colocar sobre mis hombros una manta.
Como supe más tarde aquel hombre era ciego y me enseñó algo que hoy día me ha enseñado a ver.
Se llamaba Karl y era un vendedor ambulante de pieles. Para vender pieles no le hacía falta verlas, simplemente con tocarlas ya podía saber la calidad de estas. Intentó enseñarme el negocio, quería un ayudante, el problema era que mi ‘maldición’ también actuaba ahí. Para mí todo lo que tocaba era igual, desde la más áspera piel hasta la más suave seda, de hecho, sentía lo mismo al tocar un barril de cerveza que al tocar el pecho de una dama desnuda.
Karl me enseñó a ver los días de lluvia como aquel en el que me había rescatado.
Cada gota caía en un lugar específico y si me concentraba podía crear en mi cabeza un mapa del lugar gracias al sonido de las gotas al impactar.
El día en que empezó todo llovía, llovía como si se fuese a acabar el mundo, pero entre las ramas de los árboles entró una suave brisa que me llamaba, una brisa que casi podía decirse que llevaba mi nombre.
No sé por qué pero la seguí, la seguí hasta llegar a un claro en el bosque por cuyo centro podía oír como corría un pequeño riachuelo.
Allí había alguien, puedo oírlo respirar.
Por la suavidad en que respiraba y su cautela era una mujer, una mujer que como pude ver cuando tracé el mapa de lluvia sobre ella llevaba un instrumento musical en las manos. Una vez Karl me había descrito aquel instrumento y me había dicho su nombre, un laúd.
* * *
La chica del laúd se llamaba Chustvo y quizás por el azar o porque los dioses titiriteros lo quisieron era otra de los seis malditos.
Ella carecía de los cinco sentidos, ver, oír, sentir el tacto de algo, poder saborearlo y olerlo, pero tenía lo que quizás para algunos es lo más importante y de lo que los demás carecían, podía sentir desde el más profundo amor a la más honda cólera.
Muchos la consideraban una muerta en vida por no tener ninguna de aquellas cinco cosas básicas pero lo que no sabían es que ella podía saber como era un lugar con solo concentrarse.
Sentía la tranquilidad de aquel bosque y del hombre que tenía frente a ella a pesar de no poder verlo, oírlo u olerlo.
Podía sentir como el agua fluía con normalidad unos metros hasta que se topaba con un tronco que había caído sobre su camino y le obstruía parte del paso, y podía sentir como los pájaros cantaban a su alrededor, pero lo que más le gustaba sentir era la música, la música que salía de sus estúpidos dedos que cuando tocaban la cuerda del laúd simplemente no sentían nada.
La chica aguardó hasta que sintió como Sluj se tranquilizaba y decía algo. No pudo saber el qué, pero lo dejó estar. Podía saber que eran palabras tranquilas, ninguno de los dos estaba asustado.
Chustvo colocó su laúd con cuidado y comenzó a tocar mientras tatareaba sin darse cuenta. Habría cantado, pero no conocía ninguna palabra y mucho menos alguna canción.
La joven sentía como aquella hermosa música corría por sus venas haciendo que su corazón latiese a mil, podía sentir como la felicidad abrumaba aquello que tenía en el pecho y lo extendía por todo su cuerpo haciendo que ella misma se estremeciese sin siquiera poder oírse.
Podía sentir como el joven del claro movía la cabeza al son de su música mientras la oía con extremo cuidado, quizás él también la estuviese sintiendo.
Podía sentir como el mundo desaparecía a su alrededor dejándola a ella sola con aquel instrumento en un mundo aún más oscuro a su alrededor del que había antes sus ojos, y entonces se oyó.

Oyó como su propia música sonaba y su laúd cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Era la primera vez que se oía y no podía creérselo, no pudo creérselo hasta el punto en que se desplomó. Se cayó de espaldas mientras dejaba de sentir el peso de su instrumento entre las manos y mientras en su mente aparecía una gran fascinación e incredulidad. ¿Por qué? Eso era lo único que podía preguntarse aquella chica mientras caía inconsciente en los brazos de Morfeo para que el chico que sólo podía oír corriese hacia ella y la abrazase con fuerza con lágrimas en los ojos. Él también había sentido, por eso lloraba. Era la primera vez que lloraba.

La cosmogonía de mi ser.

Estoy triste. Te echo de menos. Quiero un abrazo.
Ni me preguntes por qué estoy triste, ni yo mismo lo sé. Simplemente estoy triste.
Es de esos días en que el corazón se te encoge y se vuelve un poquito más gris, de esos días en que simplemente tienes las lágrimas apunto de desbocarse de tus ojos sin venir a cuento.
He llorado, bueno, no como tal, tan solo se me han escapado un par de lágrimas.
Le atribuyo este día triste al resfriado, sí, se supongo que será eso. Estar resfriado por primera vez en este frío que se aproxima, estar ahogándome en mis propios fluidos y sin ganas de mover un solo dedo.
Debería estar leyendo a Robespierre y a Washington, estudiando para un examen de Historia, o comentando un texto de las Cosmogonías, pero qué más da. Qué más da eso ahora, en este día gris sin sentido.
Quizá debería terminarme el libro que reposa sobre mi mesita de noche, total, no tengo nada mejor que hacer que eso.
Me gustaría huir a un mundo imaginario, huir lejos y no mirar atrás, sin tener que preocuparme por nada ni por nadie. Ese sería mi sueño hoy, no sé. Me gustaría por un instante estar lejos de aquí, estar en otro lugar en el que la noche fuese perpetua y la felicidad palpable.
Eso es todo, quizá podría contar más cosas pero sinceramente no me apetece, sinceramente solo tengo ganas de seguir durmiendo para despertarme cada media hora y acabar mirando al techo.

La bruja.

He estado recordando.
He estado recordando cosas de cuando tenía cinco años, o seis, quizás siete, no lo sé. Es irrelevante.
Recuerdo, y mis padres me recuerdan, que a veces, de noche, con las luces apagada gritaba: “¡La bruja, la bruja!”
No recuerdo como era la bruja. Solo recuerdo que cuando la veía me giraba, le daba la espalda y gritaba. Aunque algunas veces sólo podía intentarlo. Se me cerraba la garganta, me ahogaba y comenzaba a ponerme nervioso hasta el punto en que se me inmovilizaba el cuerpo.
Una noche fui a entrar en mi cuarto, el interruptor estaba muy alto para mi estatura de aquel momento y tenía que subirme a mi cama, una litera, para poder encenderla. Algo me oprimió el tobillo y salí corriendo. Aquella noche no dije nada a mis padres, simplemente dormí con ellos sin dar ningún motivo.
Algunas noches la oía, la veía acercarse a mí por la ventana de la cocina que estaba frente a la puerta de mi cuarto. Mi cuarto no tenía ventanas. Daba miedo.
En cierto punto de mi vida no sé si fue un sueño o de verdad lo viví, pero tendría unos nueve años y ningún tipo de deseo sexual en mi cuerpo pero tuve mi primera conversación con la bruja. Le prometí que tendría sexo con ella en dos o tres años si me dejaba en paz. Fue una proposición irreal, casi irrisoria. ¿Un niño de nueve años proponiendo sexo a cambio de paz? A día de hoy no me lo creo. Quizás sea un producto de mi subconsciente ahora, siete años después.
Meses después de ese trato me mudé. Me fui a una casa en una urbanización perdida en medio de la autopista y el bosque.
Recuerdo la primera noche, la paz del lugar. Ni el sonido de ningún coche. No podía dormir, demasiada tranquilidad en un lugar nuevo, con mucho espacio para mí y una ventana en la habitación.
No sé cuando, quizás aquella noche, quizás algunas noches después, pero la bruja reapareció. Habían pasado meses desde nuestro pacto, quizás un año, y ella volvió a mi vida. Me preguntó que porqué huía de ella, que si pretendía escaparme e incumplir nuestro pacto. Le dije que no, que me dejara, por favor, que me dejara.
Ella no volvió a aparecer hasta dos años después. Apareció, y yo ya no me acordaba de ella. La había bloqueado en mi cerebro.
Recuerdo quedarme paralizado en la cama, la puerta de mi habitación estaba abierta y a través de ella se podía ver el cuarto de baño. La luz estaba encendida y había una sombra acercándose a mí. Intenté gritar, moverme, pero nada salió de mi cuerpo ni de mi garganta.
Esto se repitió un par de veces más hasta que abandonamos esa casa un año después.
No he vuelto a saber nada de la bruja. Espero no volver a saber nada de ella. Espero que no existiese ahora que he conseguido recordarla.

Inconexo.

Son casi las cinco de la madrugada.
Me estoy quedando sin batería en el portátil.
No tengo ganas de ir a por el cargador.
Tengo un poco de fatiga.
Sólo un poco.
Se me caen los párpados.
Llevo todo el mes durmiendo mal.
Malditos nervios.
Maldita ansiedad.
Maldita amargura.
Puta nostalgia.
Mi amigo está viendo Art Atack.
Me siento como si tuviera diez años.
Es lo que hacía yo a esta hora con esa edad.
Se me caen los párpados, de nuevo.
Mi gata me pisotea.
Me pide mimos.
Me lame.
Ella me quiere.
Joder si me quiere.
Creo que no he visto un amor tan verdadero en mucho tiempo.
Son las seis y media.
No sé cómo he acabado con una muñeca hinchable.
Cosas de la vida.
Tengo fotos con ella.
He decidido subir una con el título “Noche loca.”
Mi gata sigue aquí.
Me pide mimos.
Maulla sobre mí.
Siete y media.
Me estoy durmiendo.
Mi amigo dibuja.
Cosas raras.
“Anatomía de un gato”, es uno de sus dibujos.